Ayuno y quimioterapia

ayuno y quimioTodos conocemos algunos efectos secundarios de los distintos tipos de quimioterapias que se usan para combatir el cáncer. Uno bastante común tiene que ver con la mala regeneración de las células sanguíneas y la supresión del sistema inmunitario, que también aparece con la edad avanzada. Aunque se conocen los mecanismos generales que dan lugar a estos efectos indeseados, sería de gran utilidad encontrar alguna forma de evitarlos. Por sorprendente que parezca, un estudio publicado en la revista Cell Stem Cell viene a demostrar que, al menos en ratones de laboratorio, ambos problemas se pueden prevenir con un par de días de ayuno.

Investigadores de la Universidad de California del Sur sometieron a los animales a seis ciclos de quimioterapia con ciclofosfamida, y analizaron el comportamiento de las células madre que fabrican la sangre así como el funcionamiento del sistema inmunológico. Al comparar ratones que habían “ayunado” durante 48 horas con otros a los que se les había permitido comer ad libitum, los científicos observaron varias cosas sorprendentes: el ayuno redujo el daño a la médula ósea y la protegió de los efectos nocivos de la quimioterapia, facilitando la regeneración de células sanguíneas. Además, lograron dar con la vía molecular responsable de este fenómeno (unas moléculas llamadas IGF1 y PKA). De hecho, al utilizar fármacos que inhiben o estimulan esta misma vía pudieron reproducir o suprimir los efectos beneficiosos del ayuno, respectivamente.

Lo cual, como es lógico, podría ser de gran utilidad para prevenir los daños colaterales que produce la quimioterapia en pacientes con cáncer. En este sentido, es una gran ventaja que hayan descubierto las moléculas implicadas, porque está claro que no se puede someter a los enfermos a dos días de ayuno. Si se encuentran fármacos que modulen estos procesos y muestren los mismos efectos beneficiosos, la calidad de vida de miles de personas podría mejorar sensiblemente.

 

Anuncios

Los genes del hambre

hungergamesInvestigadores de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres acaban de publicar en la revista Nature Communications un trabajo en el que muestran que la dieta puede afectar al modo en que la célula lee la información genética. Me refiero, evidentemente, a cambios epigenéticos, en concreto la metilación que se suele asociar con el silenciamiento de genes: cuando una región concreta de un gen sufre metilación de las citosinas, ese gen habitualmente deja de funcionar y se queda inactivo.

Desde hace años los científicos van acumulando evidencias de que la dieta puede afectar a la metilación (y por tanto al funcionamiento de los genes), lo que haría aún más cierto aquello de que somos lo que comemos. En ratones, por ejemplo, la dieta puede cambiar el color del pelaje mediante un mecanismo epigenético, sin alterar para nada la secuencia de nucleótidos del genoma. Y hace un par de años comentaba yo un estudio realizado en ratas de laboratorio según el cual la ingesta de pesticidas afectaba al funcionamiento de los genes en la segunda generación de esos animales.

En el trabajo publicado ahora, los científicos se han aprovechado de un “experimento” de la naturaleza: la sucesión de estaciones secas y lluviosas en Gambia, que lógicamente afecta a los cultivos de los que se alimentan los lugareños. Analizando varias regiones del genoma en la descendencia de dos mil mujeres que habían concebido durante una de estas dos estaciones, los investigadores comprobaron que los niños concebidos durante la etapa lluviosa (de mayor abundancia de comida) tenían niveles más altos de metilación en esas regiones. Esto es así porque la metilación funciona mejor cuando hay niveles adecuados de varias vitaminas y nutrientes, lo que a su vez depende de una dieta correcta.

Sin quitarle mérito al trabajo, no me explico la insistencia de algunos medios en presentarlo como la primera vez que este efecto se demuestra en humanos. En 2008, allá por los albores de este blog, ya comenté una investigación sobre mujeres que habían concebido durante el invierno del hambre que asoló parte de Holanda en la segunda guerra mundial: los genomas de sus hijos mostraban huellas (defectos de metilación) varias décadas después del suceso. Todo lo cual es fascinante, y lo sería mucho más si se demostrase que esas alteraciones persisten a lo largo de varias generaciones. Esta es una de las cuestiones más candentes y debatidas ahora mismo, así que prometo que os mantendré informados…

¿Vive más un mono hambriento?

Hace poco más de tres años, comentaba en este blog (en su predecesor, más bien) un artículo científico en el que se venía a decir que en monos sucede lo mismo que en gusanos o moscas: pasar hambre aumenta claramente la longevidad. En realidad, se trataba de un estudio preliminar llevado a cabo sobre un grupo de monos rhesus del Centro Nacional de Investigación en Primates de Wisconsin, estudiados a lo largo de 20 años. Parecía claro que los monos que habían pasado un poco de hambre toda su vida habían desarrollado menos enfermedades asociadas con el envejecimiento, pero no estaba claro si además vivían más años que los monos comilones.

Ahora, la revista Nature publica los resultados obtenidos con otro grupo de macacos del Centro de Salud Animal de Maryland, que fueron sometidos a dietas similares y estudiados durante 25 años. Los hallazgos de este nuevo estudio confirman que los monos que comen poco padecen menos problemas de salud típicos del envejecimiento (diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares). En cambio, no parece que las cifras globales de longevidad aumenten con una dieta pobre en calorías.

Hay diversas causas que podrían explicar los resultados ligeramente distintos de ambos estudios, como la procedencia geográfica de los monos, los tipos de dieta utilizados (que no eran idénticos), etcétera. De modo que todavía es pronto para saber a ciencia cierta si este efecto (perfectamente documentado en otras especies) también se observa en primates, lo cual sería muy buena indicación de lo que podría suceder en humanos. Para eso, habrá que esperar a que se mueran todos los monos de ambos estudios, para lo cual habrá que esperar al menos otros 10 años. A no ser que algunos monos vivan mucho más de lo que es normal en ellos, claro, lo cual sería buena señal…

La grasa buena

No descubro nada nuevo diciendo que una dieta rica en grasas es mala para la salud. Estamos ya acostumbrados a oir los efectos nocivos de las grasas saturadas, las grasas “trans”, etc. Pero los lípidos también cumplen funciones celulares muy importantes: forman las membranas que hay en todas la células del organismo y también actúan como señales que ponen en marcha procesos celulares fisiológicos. Ahora, investigadores de Estados Unidos publican en la revista científica Nature que un tipo concreto de lípido es capaz de corregir los malos efectos de una dieta rica en grasas.

Los científicos hicieron el descubrimiento en ratones de laboratorio, a los que alimentaron durante cuatro meses con una dieta rica en todas las grasas malas que uno pueda imaginar. Esto hizo que los ratones desarrollasen obesidad, diabetes e hígado graso. Después, alimentaron algunos de estos ratones con un fosfolípido que forma parte de la famosa lecitina, y observaron que la diabetes y la función hepática mejoraban notablemente.

Al parecer, este lípido atraviesa la membrana de la célula y llega hasta el núcleo, donde se une a un receptor específico y pone en marcha una serie de cambios que dan lugar al efecto beneficioso. Al margen de que este hallazgo pueda llegar a aplicarse para paliar los daños causados por décadas de alimentación poco saludable, el estudio más profundo de cómo actúa a nivel celular puede ser de gran utilidad para diseñar nuevos fármacos.

Contra el cáncer, menos azúcar

Es un tema que ya viene de antiguo. Quizás uno de los que mejor lo ha articulado sea David Servan-Schreiber, el médico que padeció un cáncer y que escribió “Anti-cáncer: una forma de vida”. La idea es que una dieta adecuada puede ayudar a prevenir o a superar un cáncer. Ahora, científicos canadienses acaban de publicar en la revista científica Cancer Research una investigación que apoya esta propuesta.

Los científicos han implantado tumores en ratones de laboratorio, sometiéndoles después a dos tipos de dieta: una dieta “occidental” rica en hidratos de carbono, y una dieta que lleva las misma calorías pero en la que los azúcares se han sustituído por proteínas. Los tumores crecieron más lentamente en los ratones que tomaron menos hidratos de carbono. Y no sólo eso. En unos ratones especiales, programados genéticamente para desarrollar tumores de mama, la dieta baja en azúcares consiguió reducir la mortalidad drásticamente: mientras que la mitad de los ratones con dieta “occidental” tenían cáncer al año de vida, ninguno de los animales con la dieta “light” había desarrollado tumores en ese mismo periodo. De hecho, sólo uno de los ratones con alimentación estándar llegó a cumplir los dos años de vida, mientras que el 50% de los ratones con la dieta especial superaron esa edad.

Los investigadores adelantan una posible explicación: como las células tumorales necesitan más glucosa que las células normales para sobrevivir, limitar el aporte de carbohidratos puede frenar el crecimiento de los tumores. Pero además han observado que algunos tratamientos antitumorales fueron más efectivos en los ratones alimentados con la dieta pobre en azúcares, por lo que este efecto podría ser el resultado de la combinación de varios factores.