Afinando el diagnóstico prenatal

preterm babyEn lo que se refiere a análisis de tipo genético, el diagnóstico prenatal exige la invasión de la cavidad uterina en la que flota el embrión. La idea es obtener un poco de líquido amniótico, que lleva células procedentes del feto, o una pequeña biopsia del tejido que dará lugar a la placenta, que también es de procedencia embrionaria. Naturalmente, estos procedimientos conllevan un cierto riesgo de pérdida de un feto sano, riesgo que en ocasiones es mayor que la probabilidad de tener una anomalía genética o una malformación. De ahí que se reserven para casos muy concretos y no se apliquen de manera masiva.

Para evitar esto, desde hace años se investiga en otros métodos “no invasivos” que puedan detectar alteraciones genéticas del embrión sin necesidad de entrar en el útero. Los más extendidos son los que intentan aislar células fetales en una muestra de la sangre de la madre, o incluso ADN del embrión que vaya flotando en el plasma materno. Como es lógico, los resultados no son tan fiables y por eso han de ser comprobados usando los métodos genéticos tradicionales, que son el estándar de calidad. Un hecho que acaba de ser corroborado por una investigación publicada en la revista Genetics in Medicine.

Científicos de California quisieron comprobar un nuevo método para detectar las trisomías de los cromosomas 21 y 18, que causan malformaciones. Los datos previos sugerían que la nueva técnica, basada en el análisis de ADN fetal en la sangre materna, es sensible al 100% (o sea, capaz de detectar todos los casos de trisomía) y lo más importante, de cada 100 casos en que detecta una trisomía, en 99 de ellos realmente se da. Esto se llama “especificidad”, y significa que sólo 1 de cada 100 casos diagnosticados como trisomía corresponde a un embrión normal (un “falso positivo” en términos técnicos). Lo cual es crucial ya que en muchos de estos casos se contempla el aborto eugenésico como única opción y por tanto hay que alcanzar la máxima fiabilidad posible.

Por desgracia, los resultados no fueron tan buenos como se esperaba. De 109 embarazos estudiados tanto con el nuevo método como con los tradicionales, el método no-invasivo detectó 41 casos de trisomía 21, pero sólo 38 de estos realmente la tenían según los estudios genéticos. Y para la trisomía 16 la cosa fue todavía peor: 16 casos reales de los 25 que había identificado el método no-invasivo como alterados. Dicho de otro modo, 36% de falsos positivos.

Claramente, hay mucho camino por recorrer. Es importante continuar con estudios de este tipo que analicen las causas de estas discordancias, y sobre todo ser conscientes de las limitaciones de las técnicas no-invasivas a la hora de explicar los resultados a los pacientes. Los autores del estudio recomiendan cautela. Ahí queda el aviso.

Ratones con Síndrome de Down que mejoran…

En el Síndrome de Down, la existencia de una copia extra del cromosoma 21 conduce a una situación de “dosis” excesivamente alta para varios cientos de genes. Lo cual da lugar a una serie de cambios bastante complejos, que desembocan -entre otras cosas- en alteraciones del cerebro asociadas con problemas de aprendizaje y memoria. Hace años, unos científicos crearon un tipo de ratón transgénico (o sea, ratones en los que se ha modificado el genoma de algún modo) que reproduce bastante bien los problemas cerebrales y de aprendizaje característicos de los enfermos. Por ejemplo, estos animales tienen reducido el tamaño del cerebelo (una región que se encarga de coordinar los movimientos). Tampoco son capaces de completar con éxito una prueba que mide la memoria, y que consiste en navegar por una piscina hacia puntos concretos. Estos animales, lógicamente, son extremadamente útiles para entender cómo se desarrolla el Síndrome de Down.  Investigadores de Estados Unidos han utilizado ahora este mismo modelo para demostrar la eficacia que podría tener un nuevo tratamiento contra la enfermedad.

Los científicos sabían que hay una ruta de transmisión de señales dentro de las células que está afectada en esta enfermedad, de ahí que se centraran en la búsqueda de compuestos químicos que la potencien (lo que en términos técnicos se llama un “agonista”, lo contrario a un “antagonista”). Potenciando la actividad de esta ruta en ratones recién nacidos pudieron comprobar que el tamaño del cerebelo se normalizó a medida que los ratones se hacían adultos, como era de esperar. Para aprovechar el experimento, sometieron a los animales a otras pruebas, entre ellas la del laberinto en la piscina. Con enorme sorpresa comprobaron que los ratones tratados una sola vez al nacer fueron capaces de superar la prueba prácticamente con la misma eficacia que ratones normales. Esto indica que los problemas relacionados con la memoria y el aprendizaje también mejoraron notablemente, lo cual es bastante sorprendente porque estos procesos tienen lugar en una región cerebral completamente distinta, en la que no sabía que fuera importante la actividad de esta ruta de señales.

Como siempre insisto en estas páginas, todavía es pronto para probar este tratamiento en humanos. Lo interesante es que identifica un proceso celular que está implicado en varias de las alteraciones típicas de esta enfermedad, y que podemos controlar ese proceso mediante fármacos concretos. Aunque la utilización de este mismo compuesto está descartada en humanos, porque podría tener muchos efectos secundarios, el hallazgo abre la puerta al diseño de moléculas similares que sean seguran y que puedan ensayarse un día en niños con Síndrome de Down. Esperemos que ese día llegue cuanto antes.