El dolor crónico es cuestión del cerebro

Te vas a levantar de la silla o te agachas a recoger algo que se ha caído y ¡zasca!… aparece esa molesta lumbalgia que te deja unos días fuera de combate. Por desgracia, lo peor no es eso, sino que el dolor se haga crónico, persistente, que no desaparezca. Hasta ahora los médicos han considerado que esta persistencia se explica por diversos motivos: el tipo de lesión que originó el ataque inicial, o el tratamiento que se aplicó, o la fuerza de los músculos de esa zona (que varía de unas personas a otras).  En cambio, investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Northwestern, en Chicago, proponen algo radicalmente distinto: el que uno vaya a desarrollar (o no) ese dolor crónico depende, fundamentalmente, de tu cerebro.

Y no sólo lo proponen: lo demuestran. Al menos, eso se desprende del estudio que publican en la revista científica PAIN (cuyo nombre no requiere explicación). Los investigadores tomaron un grupo de 46 personas que habían sufrido una lumbalgia aguda y realizaron una resonancia magnética cerebral en ese momento. Después, a lo largo de un año, fueron viendo la evolución del dolor y tomaron más imágenes del cerebro. En la mitad de los pacientes el dolor desapareció, mientras que en la otra mitad se convirtió en un dolor crónico. Al analizar las imágenes cerebrales, los investigadores encontraron unas anomalías en las fibras nerviosas de la “sustancia blanca”, especialmente en unas regiones relacionadas con el componente emotivo del dolor. Lo curioso es que esas anomalías estaban en la mayoría de los pacientes con dolor crónico, pero no en aquellos en los que el ataque inicial desapareció pronto.

Ya antes se había visto que el dolor sostenido puede afectar a la estructura del cerebro, por lo que alguno podría pensar que la cosa no tiene tanta novedad. Pero ojo, porque cuando digo que los investigadores encontraron alteraciones cerebrales me estoy refiriendo a que esas alteraciones estaban presentes ya en la primera imagen, la que se tomó en el momento de sufrir el ataque inicial. Dicho de otro modo, es la presencia previa de esas alteraciones en el cerebro lo que hace que el dolor persista en algunos pacientes pero no en otros. Es más, el simple análisis de las imágenes iniciales del cerebro permitió a los científicos predecir qué personas iban a desarrollar dolor crónico, con un 85% de aciertos. Lo cual, además del interés científico que pueda tener, acarrea implicaciones prácticas: si el cerebro está predispuesto al dolor crónico, el tratamiento del dolor inicial debería ser más enérgico. Y al contrario, claro…

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Doctor, dígame cuánto me duele…

dolorPor desgracia, muchos de nosotros hemos asistido a esa escena en que, a un familiar o amigo ingresado en el hospital, el médico le pregunta cúanto dolor tiene “en una escala del uno al diez”. Esto es importante para poder dosificar bien los analgésicos, pero a menudo es muy subjetivo: lo que para algunos es un dolor bastante soportable, para otros se acerca al máximo de la escala. Sería muy útil poder medir de algún modo “objetivo” el dolor que alguien está padeciendo, incluso en situaciones en que no pueda responder a la pregunta del facultativo. Neurocientíficos de la Universidad de Colorado acaban de dar un paso fundamental para lograr exactamente eso.

Tal y como publican en la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine, los investigadores analizaron la actividad cerebral en personas que experimentaban dolor de distinta intensidad causado por calor. Para ello, utilizaron resonancia magnética funcional, una técnica de imagen que “ilumina” las regiones del cerebro que se activan cuando el sujeto en cuestión hace algo o recibe algún tipo de estímulo. Comparando los resultados de veinte personas, encontraron un patrón de actividad cerebral asociado con la sensación de dolor. Lo más importante es que dicho patrón era común a todos los sujetos. De hecho, al analizar “a ciegas” a más de treinta personas diferentes, pudieron determinar si estaban experimentando dolor o no con una fiabilidad cercana al 100%. Es más, la administración de analgésicos hizo que desapareciese en gran medida el patrón de actividad cerebral característico de la sensación dolorosa.

Todavía no es posible medir la intensidad del dolor, y también queda por resolver la cuestión de si este mismo patrón de actividad cerebral sirve para detectar dolor producido por distintos estímulos (calor, dolor mecánico, presión, etc). Pero, sin duda, este hallazgo supone un punto de partida fundamental para lograr algo que podría beneficiar a miles de personas.

Flores contra el dolor

El uso de las plantas medicinales es antiquísimo, pero aún continúa dando buenos resultados en la actualidad. Un grupo de científicos del Instituto Scripps, en Florida, acaba de sintetizar en el laboratorio un compuesto químico de origen vegetal que podría ser muy eficaz en el tratamiento del dolor, tal y como publican en la revista Nature Chemistry.

El dolor crónico es uno de los problemas médicos más comunes y más difíciles de tratar. Aunque hay buenos analgésicos, la mayor parte tienen efectos secundarios y no siempre pueden utlizarse a dosis altas o durante mucho tiempo. De ahí que la búsqueda de nuevos fármacos contra el dolor sea una prioridad de la industria farmacéutica, que a menudo acude a las plantas para buscar nuevos compuestos. En este caso, los científicos se fijaron en una molécula que está presente -si bien en pequeñísimas cantidades- en la planta Tabernaemontana divaricata, que crece en el sudeste asiático. Se sospechaba que la sustancia en cuestión (llamada conolidina) podría tener propiedades interesantes, pero no existía un modo sencillo de sintetizarla en el laboratorio. Los investigadores aplicaron un nuevo procedimiento que habían diseñado y consiguieron grandes cantidades de la molécula.

A continuación, utilizaron la conolidina sintética en ratones de laboratorio y comprobaron que es bastante eficaz en el tratamiento contra el dolor. Además, parece que no actúa como los analgésicos derivados del opio (como la morfina), pero todavía no se sabe exactamente cuál es el mecanismo de acción de la conolidina. La aclaración de este punto podría abrir nuevas e interesantes perspectivas en el tratamiento del dolor.