El final de un misterio

Siempre es bonito contar el final de una historia, sobre todo si viene a resolver un enigma que había ocupando los esfuerzos de los científicos durante décadas. Esto es, precisamente, lo que acaba de suceder en relación con la malaria y un tipo de enfermedad hereditaria de la sangre.

Hace casi sesenta años, un médico británico observó que las personas portadoras de un tipo de anemia (llamada anemia falciforme por la forma de hoz que adoptan los glóbulos rojos) están protegidas frente al parásito de la malaria, el famoso Plasmodium. Habitualmente, el parásito entra en los glóbulos rojos y los altera, haciendo que se peguen unos con otros y se formen pequeños trombos. Sin embargo, esto no sucede cuando una persona lleva la mutación de la anemia falciforme en una de las dos copias del gen de la hemoglobina, la proteína encargada de transportar el oxígeno dentro de los glóbulos rojos. Estas personas “portadoras” no padecen la anemia falciforme (para eso es necesario tener alteradas las dos copias del gen) y, curiosamente, son menos propensas a padecer malaria. Esto explica que en las regiones donde la malaria es muy frecuente, como en amplias zonas de África, también haya muchos portadores de la mutación que causa anemia falciforme. Claramente, la presencia de una cierta cantidad de hemoglobina anormal interfiere con la acción del parásito en los glóbulos rojos, pero hasta ignorábamos cómo.

La revista Science acaba de publicar un trabajo de investigadores alemanes y africanos en el que por fin se explica la razón de este fenómeno. Los científicos analizaron glóbulos rojos que llevan hemoglobina normal o hemoglobina mutada, y después observaron qué sucede cuando el parásito de la malaria entra en esas células. Resulta que el Plasmodium utiliza el “esqueleto” interno del glóbulo rojo para recubrir la célula con una proteína fabricada por él mismo, y que es la responsable de que los glóbulos rojos se vuelvan “pegajosos”. Pues bien, la presencia de hemoglobina anormal desorganiza ese esqueleto interno e impide que el parásito lo utilice en su provecho. Misterio resuelto. De todas formas, lo más importante de este descubrimiento es que permitirá diseñar nuevos tratamientos contra el parásito de la malaria y así avanzar hacia la erradicación de esta temible enfermedad.

 

Un hongo sanador

Modifican genéticamente un hongo que infecta al mosquito de la malaria

El parásito de la malaria, el famoso Plasmodium, es transmitido por mosquitos, que ingieren el parásito al chupar la sangre de una persona enferma. Una vez dentro del mosquito, estos parásitos se multiplican y sufren unos cambios, llegando hasta las glándulas que fabrican la saliva. Así, la próxima vez que el mosquito pique a alguien, además de ingerir sangre de la víctima, inoculará algunos parásitos y transmitirá la enfermedad.

Los intentos para frenar la transmisión de la malaria, que mata cada año a un millón de personas, no han tenido gran éxito. Ahora, un trabajo aparecido en la revista Science demuestra que se puede frenar la multiplicación del parásito dentro del mosquito, si el insecto es infectado por un hongo que ha sido modificado genéticamente. Los científicos usaron un hongo que habitualmente entra en los mosquitos directamente a través de su cutícula (la “piel”, para entendernos) e introdujeron en ese hongo unos genes que impiden que el parásito se multiplique y llegue hasta la saliva del insecto. Utilizando diversas combinaciones de genes, consiguieron reducir hasta un 98% la cantidad de parásitos presentes en la saliva de los mosquitos. Esta tecnología podría convertirse en una nueva y poderosa arma para reducir esta tremenda enfermedad.