Genes e inteligencia, revisited

brainmachineEn genética humana, una de las mejores formas de medir la heredabilidad, o sea, la influencia que tienen los genes en la variación de un carácter en una población, es comparando lo que sucede en parejas de gemelos idénticos (monocigóticos) y en parejas de mellizos. Años de investigación han puesto en evidencia la alta heredabilidad de muchas enfermedades y de otros rasgos corporales. Uno de los que suele captar la atención de los medios, lógicamente, es la “inteligencia” o el cociente intelectual (IQ). Y sin embargo lo que sucede con el IQ (y con otros rasgos) es curioso: sabemos que su heredabilidad es alta y por tanto la influencia de la genética es clara, pero los genes responsables se nos han resistido y nadie ha encontrado (por ahora) variantes genéticas que se asocien con una aumento claro de las capacidades intelectuales. Un trabajo publicado recientemente en la revista PNAS podría explicar las razones de esta sequía.

El asunto viene de lejos, y como digo no afecta sólo a la inteligencia. Desde hace años se viene discutiendo si el riesgo de padecer enfermedades comunes, genéticamente complejas y causadas además por factores ambientales, depende de unas pocas variantes genéticas (cada una aportando un efecto relativamente alto) o de la combinación de docenas de variantes de bajo riesgo. El asunto está aún por dilucidar, y probablemente ambas situaciones se den en distintos casos. Pero ¿qué sucede en concreto con el IQ? El año pasado, la revista Science publicó un estudio sobre más de 100.000 voluntarios en el que se encontraron algunas variantes genéticas asociadas con los años de escolarización (que es una medida indirecta de las capacidades intelectuales) pero el efecto era pequeño, en torno a un mes más de escolarización. En este nuevo estudio, los mismos investigadores han vuelto a analizar esos voluntarios y han detectado 69 variantes genéticas asociadas con buenos resultados a nivel educativo. Después, han estudiado esas 69 variantes en unas 25.000 personas que habían completado un test de inteligencia, lo que les permitió dar con tres variantes significativamente asociadas con el IQ. Los genes implicados tienen que ver con los procesos cerebrales de aprendizaje y memoria, lo cual tiene sentido, pero el efecto de cada una es mínimo: 0,3 puntos en un test de inteligencia (en el que los valores normales están entre 85 y 115, más o menos).

Cuando tuiteé esto hace unos días, decía “menos mal…” ¿Por qué?

 

Pues porque estos resultados sugieren que las variantes genéticas responsables del cociente intelectual serán muchas, cada una aportando un efecto pequeñito. De hecho, los autores del estudio estiman que será necesario leer los genomas de un millón de personas para tener una colección más o menos completa de todas las variantes que influyen en el IQ. Y esto aleja definitivamente la posibilidad de que terminemos utilizando la genética para encontrar humanos superdotados; o para discriminar a los peor dotados, que viene a ser lo mismo. Al final, el punto de partida de nuestra genética viene a ser más o menos igual para todos. Lo que tenemos que lograr es que todos reciban la ayuda necesaria para explotar al máximo esas potencialidades.

Lactancia e inteligencia

lactancia materna

La discusión sobre los efectos que tienen la alimentación con leche materna sobre el cociente intelectual vienen de lejos. Recuerdo, por ejemplo, un post allá por los albores de A Ciencia Cierta en que me hacía eco de una investigación que relacionaba el rendimiento en tests de inteligencia con el hecho de haber recibido leche materna o fórmulas comerciales, pero sólo en presencia de ciertas variantes genéticas. En cualquier caso, los expertos todavía no tienen claro si lo realmente importante es la leche en sí o alguna otra circunstancia relacionada con la lactancia materna.

Sociólogos de la Universidad Brigham Young, en Estados Unidos, han analizado una detallada base de datos de 7.500 niños en los que, además del tipo de lactancia, se habían estudiado muchos factores relacionados con los cuidados maternos: la “sensibilidad” materna ante los problemas de los bebés (dicho de otro modo, si les hacían mucho caso o no), el tiempo que pasaban leyendo en alto a los niños, el peso del bebé al nacer, el nivel educativo de las madres, etc. A los cuatro años, todos los niños fueron sometidos a pruebas de habilidades matemáticas y de lectura. Con todo eso, y tras sofisticados tests estadísticos, los investigadores publican en la revista The Journal of Pediatrics que sí, los niños alimentados con leche materna obtuvieron mejores resultados. Pero al corregir esta asociación por el efecto de los diversos factores “maternos”, resultó que el responsable fundamental fue el mayor grado de cuidados que prestaron esas madres a sus hijos.

En concreto, los niños a los que sus madres habían leído en alto desde los nueve meses de edad tenían mejor rendimiento en los tests matemáticos y de lectura, equivalente a un adelanto de 2 ó 3 meses. Y eso, en cuatro años, es bastante. De hecho, en situaciones que requieren estimulación precoz o educación especial, esto podría tener enormes consecuencias. En conclusión, lo que más estimula a los niños es dedicarles tiempo y leerles desde que son muy pequeñitos. Por desgracia, en nuestra sociedad esto se ha convertido en un lujo que no todas las madres se pueden permitir.