Hacia la nueva Humanidad

anonymousA mediados de marzo pasado varios investigadores firmaban en la revista Nature un comentario titulado “No modifiquéis la línea germinal humana” (Don’t edit the human germ line). Básicamente, proponen que se debería declarar algún tipo de moratoria sobre aquellos experimentos destinados a corregir el genoma humano en los que dichas modificaciones se puedan transmitir a la descendencia y extenderse por poblaciones humanas. Comentaba este asunto ayer durante mi colaboración habitual en La Mecánica del Caracol, el programa de ciencia de Radio Euskadi dirigido por Eva Caballero. Lo que no sabía es que horas después de mi intervención el tema daría un giro inesperado. Para entenderlo tenemos que hacer un poco de historia.

La idea de corregir mutaciones que causan enfermedades genéticas viene de lejos, y está en el origen de lo que conocemos como terapia génica. Pero las herramientas para corregir con gran precisión una letra concreta del genoma no existían, por lo que habitualmente la terapia génica se ha limitado a liberar genes al interior de determinadas células del cuerpo. Utilizaré el ejemplo de la hemofilia, por ser una enfermedad genética frecuente y bien conocida. El tratamiento convencional consiste en infusiones del factor de coagulación que estos enfermos no pueden fabricar debido a una mutación en el gen correspondiente. Lo que hacen las terapias génicas que ya se están ensayando en humanos es utilizar un virus para llevar copias correctas de este gen al hígado o al órgano concreto que se quiera tratar, de forma que el paciente pueda fabricar el factor de coagulación y no sean necesarias más infusiones. Pero esto no afectará a su descendencia, que seguirá heredando la mutación según las leyes de Mendel. Para eliminar completamente la enfermedad en esa familia sería necesario modificar el genoma y corregir esa mutación en todas y cada una de las células del cuerpo, incluidas las células germinales (espermatozoides u óvulos). Así, los futuros descendientes estarán ya libres de la mutación y, por tanto, de la enfermedad. Pero claro, una intervención de este tipo parece algo de ciencia ficción. Para nada…

“Si la cirugía genómica se realiza con éxito en la primera célula del embrión, todas las células del cuerpo, incluidas las células germinales, llevarán un genoma reparado. La mutación ya no pasará a generaciones futuras”

El nombre que hay que recordar en CRISPR/Cas. No voy a explicar qué significa, ni cómo funciona, pero básicamente es un sistema que usan las bacterias para defenderse de los virus, cortando en trocitos el genoma del agresor. En 2012 este sistema se modificó para utilizarlo como una herramienta de ingeniería genética que permitiese “editar” genes, es decir, introducir modificaciones en un genoma con alta precisión. Desde entonces se ha empleado con éxito para modificar los genomas de plantas, gusanos, peces, moscas, ratones y –cómo no- células humanas. Cualquiera que utilice esta tecnología (como mi colega del laboratorio de al lado, que trabaja con el gusano C. elegans) sabe que el sistema no es 100% efectivo, y que existe un cierto riesgo de provocar cambios genéticos distintos al que uno pretendía introducir. Pero aun así el potencial de esta tecnología en el campo de la biomedicina es enorme. Si esta cirugía genómica se realiza con éxito en la primera célula del embrión, todas las células del cuerpo llevarán un genoma reparado; todas, incluidas las células germinales. La mutación ya no pasará a generaciones futuras, la corrección es permanente.

Lo cual es perfectamente posible, si esta nueva tecnología se emplea en combinación con las técnicas convencionales de reproducción asistida. Hace unos meses, por ejemplo, contaba aquí la curación de ratones que sufren distrofia muscular de Duchenne utilizando CRISPR/Cas para corregir una mutación en embriones que están es su fase más inicial (cuando tienen una sola célula). Casi al mismo tiempo, investigadores de Nanjing, en la República Popular China, publicaron en la revista Cell la introducción de dos cambios genéticos en monos, usando la misma estrategia. Era cuestión de tiempo que alguien hiciese lo mismo en embriones humanos, de ahí el comentario aparecido en Nature al que me refería al principio de este post: “¡no modifiquéis la línea germinal humana, al menos por ahora!” Consejo que parece haber caído en saco roto, porque ayer mismo, pocas horas después de mi intervención radiofónica, veo en twitter que la revista Protein Cell acaba de publicar los resultados de otros investigadores chinos que utilizan CRISPR/Cas para corregir un gen en embriones humanos.

La cosa es un poco más compleja, porque para salvar problemas éticos los investigadores inyectaron las moléculas correctoras en embriones humanos tri-pronucleares, es decir, embriones que llevan el material genético de un óvulo y de dos espermatozoides. Tales cigotos aparecen en ocasiones en las técnicas de fertilización in vitro y no son viables, lo cual supone una cierta medida de precaución por parte de estos científicos. En cualquier caso, los resultados tampoco fueron un gran éxito: de 81 embriones inyectados, sobrevivieron 71 y sólo unos pocos portaban la corrección genética adecuada. Hubo algunos con cambios genéticos en otras regiones del genoma, lo cual es totalmente inaceptable si se pretende utilizar esta terapia en humanos. De hecho, al parecer las revistas Science y Nature se negaron a publicar esta investigación, por las cuestiones éticas que plantea y por la falta de reflexión y consenso que todavía existe en la comunidad científica y en la sociedad al respecto.

“La revista Protein Cell acaba de publicar los resultados de investigadores chinos que utilizan CRISPR/Cas para corregir un gen en embriones humanos. Las revistas Science y Nature se negaron a publicar esta investigación, por las cuestiones éticas que plantea”

Otro de los problemas es que los embriones correctamente tratados resultaron ser mosaicos, es decir, una mezcla de células corregidas y no corregidas. Esto supone otro obstáculo importante, porque no asegura la curación completa de la enfermedad. Pero es un problema que podría resolverse fácilmente, porque esta misma semana investigadores de la Universidad de San Diego publicaban en la revista Science una variación de esta tecnología que lleva el sonoro nombre de Mutagenic Chain Reaction. O sea, una especie de reacción en cadena de correcciones genéticas. En este caso los investigadores trabajaban con moscas, introduciendo en sus genomas un gen que cambia el color de los ojos. Para que esto suceda es necesario corregir las dos copias de ese gen en cada célula, pero CRISPR/Cas habitualmente sólo repara una de las dos copias. Por tanto, estos científicos modificaron el sistema de modo que, una vez que se ha corregido una de las copias, la propia célula fabrica las moléculas necesarias para corregir la otra copia. Y la cosa no se para ahí (por eso se llama reacción en cadena), porque con cada nueva generación la copia corregida se encargará de corregir cualquier otra posible copia no corregida con la que se encuentre en un nuevo embrión. Dicho de otro modo, la versión “corregida” se extenderá por toda esa población en unas pocas generaciones. Esto podría venir muy bien para crear animales de laboratorio con determinadas características o para acabar con enfermedades transmitidas por insectos, como la malaria. En el caso de humanos, las posibles consecuencias van más allá de la medicina y entran en el terreno de la ciencia ficción.

Por primera vez en nuestra historia, pronto estaremos en condiciones de decidir el rumbo que tomará nuestra especie, cuál será el siguiente paso en nuestra evolución”

Lo que está claro es que ahora cualquier laboratorio que tenga cierta experiencia en técnicas de fertilización in vitro podrá utilizar estas tecnologías para crear embriones modificados genéticamente, siempre y cuando lo permita la legislación local. Varios países miembros de la Unión Europea prohíben la modificación de la línea germinal, pero la situación en Estados Unidos es más ambigua. En definitiva, la pregunta es si la sociedad está dispuesta a aprobar la modificación de nuestra línea germinal, y en qué condiciones. Varios estudios muestran que el público rechazaría masivamente la aplicación de esta tecnología para conseguir niños “perfectos”, más inteligentes o más fuertes. Sin embargo, la mayoría aprobarían su uso para erradicar enfermedades genéticas como la fibrosis quística, la hemofilia, o la distrofia muscular. El problema, como siempre, radica en dónde situar el límite; incluso, si es realista pensar que se podrá establecer un límite…

A mi juicio, ésto es precisamente lo más fascinante de todo este asunto: no sabemos dónde nos llevará. Está claro que hoy por hoy la tecnología CRISPR/Cas todavía no es 100% fiable, pero eso es algo que los científicos solucionarán en pocos años. Entonces, llegará un momento en que se podrán generar niños perfectos que formen una casta genética privilegiada a lo Gattaca. O replicantes a lo Blade Runner. O, simplemente, seres humanos modificados genéticamente para vivir ciento cincuenta años sin padecer enfermedades asociadas al envejecimiento. Por primera vez en nuestra historia, pronto estaremos en condiciones de decidir el rumbo que tomará nuestra especie, cuál será el siguiente paso en nuestra evolución. Lo terrible sería que cuando llegue ese momento no estemos preparados para tomar tal decisión, por falta de reflexión y consenso. Porque entonces, unos pocos la tomarán por todos los demás.

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Cerebros humanos débiles, cerebros de ratón fuertes.

Cerebro, evolución, envejecimiento

Creo que la mejor forma de cerrar (en lo que a este blog se refiere) este magnífico año 2014 es con un post sobre el cerebro. Cada vez me fascina más este campo, especialmente en sus aspectos evolutivos. Porque, no nos engañemos, la gran pregunta que nos falta por responder es cómo nuestro cerebro ha llegado a ser lo que es… En esta línea, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre un par de artículos científicos publicados recientemente que han pasado algo desapercibidos o han sido tratados de modo desigual.

Por un lado, hemos tenido noticia de la identificación de lo que -en un alarde de originalidad- la mayoría de los medios denominaron el “punto débil” del cerebro. El artículo original publicado en PNAS es un poco más refinado. En primer lugar, identifica cuáles son las primeras regiones cerebrales que se alteran con la edad en personas normales. Curiosamente, se trata de un conjunto de áreas que colectivamente configuran lo que se conoce como corteza transmodal. Según el modelo que explica cómo las sensaciones se convierten en cognición, estas son las áreas que se encargan de relacionar y asociar los estímulos aislados y generar representaciones de mayor significado. Lo apasionante es que estas áreas son las últimas en estructurarse durante la formación del cerebro humano ya que no se completan hasta la adolescencia. Y, lógicamente, son responsables de las principales diferencias de nuestro cerebro respecto al de otros grandes simios, en los que –dicho sea de paso- no existe nada similar a nuestra adolescencia.

“Las regiones que se forman más tarde durante la maduración del cerebro son las primeras que degeneran al envejecer”

El asunto tiene su miga porque desde hace tiempo se había postulado este modelo “simétrico” según el cual las últimas regiones cerebrales en formarse serían las primeras en degenerar con la edad, pero hasta ahora nadie lo había demostrado con datos. En este caso, los neurocientíficos analizaron imágenes de resonancia magnética funcional en casi 500 voluntarios sanos y encontraron dos patrones claros asociados con el envejecimiento: la pérdida global de masa gris (algo ya conocido) y cambios en las regiones que conforman la red transmodal: corteza prefrontal lateral, surco intraparietal, corteza orbitofrontal, surco temporal superior, corteza cingulada posterior, lóbulo temporal medial, el opérculo parietal y algunas otras. De modo que sí, las regiones que se forman más tarde durante la maduración del cerebro son las primeras que degeneran al envejecer.

Lo evidente, llegados a este punto, era comprobar si estas mismas áreas están afectadas en la principal enfermedad neurodegenerativa asociada al envejecimiento, la enfermedad de Alzheimer. Así que los científicos utilizaron imágenes similares obtenidas de pacientes y vieron que –efectivamente- las áreas afectadas se solapaban de modo significativo. Pero también tuvieron la brillante idea de comprobar qué pasaría en los cerebros de pacientes con una enfermedad que se gesta durante la adolescencia: la esquizofrenia. Y el resultado fue el mismo, las regiones afectadas coinciden significativamente con las que se alteran durante el envejecimiento.

“La evolución de nuestro maravilloso cerebro, no ha sido “a coste cero” sino que ha traído consigo la aparición de enfermedades hasta entonces desconocidas en el mundo de los simios”

¿Qué reflexiones podemos hacer sobre este magnífico hallazgo? Por un lado, se confirma una vez más que nuestra evolución, y especialmente la evolución de nuestro maravilloso cerebro, no ha sido “a coste cero” sino que ha traído consigo la aparición de enfermedades hasta entonces desconocidas en el mundo de los simios. Está por ver si existe algún chimpancé con esquizofrenia, o que padezca Alzheimer en caso de llegar hasta una edad muy avanzada, pero resulta poco probable ya que carece de las estructuras que se alteran en estas enfermedades.  Pero además, el hecho de que una enfermedad que se genera en el cerebro adolescente (la esquizofrenia) comparta las mismas lesiones con otra que aparece al final de la vida (el Alzheimer), hace pensar que se podría predecir la aparición de esta última en función de cómo haya sido el desarrollo cerebral durante la adolescencia. O quizás los mismos factores de riesgo, tanto ambientales como genéticos, están presentes en ambos casos. Sin duda, un tema para investigar en los próximos años.

La otra investigación que tiene que ver con el cerebro apareció en la revista The Journal of Neuroscience y no ha sido muy comentada a pesar de que se presta a todo tipo de excesos literarios, como “ratones con cerebro mitad humano”, por ejemplo. La historia es sencilla, pero no por ello menos fascinante. Hace poco más de un año, neurocientíficos de Nueva York trasplantaron células progenitoras gliales humanas al cerebro de ratones recién nacidos. Como su nombre indica, se trata de unas células madre que se especializan en generar células de la glía, esa red celular que sustenta a las neuronas. Hoy en día sabemos que las células gliales son de gran importancia para el correcto funcionamiento del cerebro. Un tipo de células de la glia, los astrocitos, establecen conexiones con las neuronas y favorecen la transmisión de impulsos nerviosos, permiten un correcto aporte de nutrientes, e incluso guían las conexiones sinápticas que se establecen en el cerebro durante el desarrollo embrionario. Los oligodendrocitos, otro de los tipos principales de glía, recubren de mielina muchas neuronas del cerebro.

“Las células gliales progenitoras humanas no sólo sobreviven en el cerebro de los ratones, sino que terminan por reemplazar a las propias células progenitoras de los animales”

En aquellos primeros experimentos, los investigadores comprobaron que las células progenitoras humanas eran capaces de asentarse en el cerebro normal de un ratón y formar astrocitos, llegando incluso a mejorar el aprendizaje y la memoria de los animales. Ahora, los mismos científicos publican un estudio más amplio que arroja más detalles sobre estos procesos. Básicamente, las células progenitoras humanas no sólo sobreviven en el cerebro de los ratones, sino que terminan por reemplazar a las propias células progenitoras gliales de los animales. No está clara la naturaleza de esta ventaja competitiva, pero un año después del trasplante prácticamente el 100% de las células progenitoras eran de origen humano. En el caso de ratones que padecen una enfermedad desmielinizante, el efecto fue aún más dramático porque las células progenitoras humanas generaron oligodendrocitos y los síntomas de los animales mejoraron al aumentar la formación de mielina.

“Para comprobar si los astrocitos humanos son también superiores a los de chimpancés y otros grandes simios, habría que conseguir cerebros de chimpancés en los que todas las células gliales sean de origen humano”

Lo cual sugiere varias cuestiones. En primer lugar, una bastante evidente y con aplicaciones prácticas: estos progenitores pueden ser muy útiles para el tratamiento de enfermedades desmielinizantes en humanos, como la esclerosis múltiple. De hecho, los científicos ya han solicitado permiso para comenzar los ensayos con estas células progenitoras en pacientes.

Pero lo más interesante, a mi modo de ver, sería comprobar cómo funcionaría el cerebro de ratones que lleven únicamente astrocitos de origen humano. Todavía no se ha llegado a ese punto, pero no cabe duda que estos animales (en los que todos sus progenitores gliales son humanos) representan un primer paso en esa dirección. Según los datos existentes, es previsible que se potencien algunas funciones cognitivas, lo cual también arrojaría datos sobre la evolución de estas células en humanos. Después, habría que comprobar si las células progenitoras y los astrocitos humanos son también superiores a los de chimpancés y otros grandes simios, y cómo y por qué. Pero para eso habría que conseguir cerebros de chimpancés en los que todas las células gliales sean de origen humano. Y por ahora, nadie parece dispuesto a dar ese paso…

Sangre joven para el cerebro

parabiosis y memoria en ratones¿Os acordáis del experimento de parabiosis que comenté aquí a finales de 2011? No, claro; han pasado casi tres años y vuestros hipocampos no dan para más… Pero hay esperanza: los autores de ese trabajo acaban de publicar en la revista Nature nuevos resultados que confirman que la sangre de ratones jóvenes es capaz de rejuvenecer el cerebro de ratones ancianos y mejorar la memoria.

Parabiosis no es más que conectar la circulación de dos animales, que comparten así la misma sangre. Cuando los científicos conectaban un ratón ya entrado en años con otro joven, veían toda una serie de efectos beneficiosos en el cerebro del más viejo. Ahora demuestran que esto se debe a la proliferación de nuevas neuronas en determinadas regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de la memoria. De hecho, los animales también mejoran en los típicos tests en los que tienen que recordar la localización de una plataforma dentro de una piscina. Es más, los investigadores han comprobado que este mismo efecto beneficioso se puede conseguir simplemente con una transfusión de plasma de ratones jóvenes, y que dicho efecto desaparece si previamente se calienta el plasma. Esto indica que las moléculas responsables son proteínas que van circulando libremente por la sangre. Pero claro, ¿cuáles?

Lo bueno es que todo esto ha coincidido con la publicación de otro trabajo que precisamente podría identificar uno de los responsables: la proteína GDF11. El año pasado, como también os contaba en A Ciencia Cierta, investigadores de Harvard vieron que la sangre de ratones jóvenes era capaz de corregir la insuficiencia cardíaca de ratones de edad avanzada, y que la proteína GDF11 era la causante. Ahora publican en la revista Science que esta molécula también mejora la circulación cerebral y la formación de nuevas neuronas en diversas zonas del cerebro.

Todo lo cual está muy bien para los ratones, pero habrá que ver si también funciona en humanos. Las transfusiones de plasma son relativamente sencillas, así que no debería llevar mucho tiempo comprobar si reducen los problemas de memoria en personas ancianas. Y lo mismo podría suceder con tratamientos derivados de la proteína GDF11. Dado el creciente número de personas ancianas con problemas de memoria, no hay tiempo que perder.

Flashes de muerte

CelegansEl gusano C. elegans (que podéis ver en movimiento en el gif animado de la izquierda) sigue haciendo aportaciones muy significativas sobre aspectos fundamentales del funcionamiento de los seres vivos. Ya desde hace años es un gran modelo para estudiar la longevidad, y un nuevo trabajo publicado ahora en la revista Nature usa este animalillo para corroborar la “teoría mitocondrial” del envejecimiento.

Aunque hay muchos factores que llevan a los seres vivos a envejecer, uno de los principales es la liberación de sustancias tóxicas durante la respiración celular, que tiene lugar en esos orgánulos llamados mitocondrias. La relación entre actividad mitocondrial y longevidad es bastante clara, aunque algunas excepciones hacen difícil llegar a una explicación totalmente satisfactoria. En esta nueva investigación, científicos de China, Taiwan y Estados Unidos han analizado las “explosiones” de actividad de las mitocondrias de estos animales. Estos flashes (en realidad se conocen como mitoflashes) se concentran sobre todo en dos momentos de la vida del gusano: al comienzo de su etapa adulta y cuando empiezan a envejecer. Los investigadores midieron la intensidad de los mitoflashes en mitocondrias individuales del músculo, buscando una posible relación con la longevidad de los animales. Al contrario de lo que inicialmente creían, el flash tardío no parecía tener relación alguna. En cambio, el primero de los flashes, que se produce cuando los gusanos comienzan a reproducirse, permitía predecir con bastante exactitud cuánto iban a vivir.

De hecho, los científicos estudiaron una gran variedad de gusanos con mutaciones que alteran su longevidad media, y también los sometieron a distintas condiciones ambientales que acortan o prolongan su vida. En todos los casos, la intensidad del primer mitoflash se correlacionaba con lo que después vivirían los animales: a más intensidad, vida más corta. Y más aún, al manipular unos gusanos (habitualmente muy longevos) aumentando la intensidad de los mitoflashes cuando eran aún jóvenes, la vida de esos animales se acortó significativamente.

Así que una de las teorías sobre el envejecimiento recibe un buen espaldarazo gracias a este estudio. Dado que estos mecanismos están muy bien conservados en todos los animales, desde gusanos a ratones y primates, es bastante probable que este descubrimiento tenga aplicaciones al estudio del envejecimiento en humanos. El tiempo lo dirá.

Larga (y mejor) vida…

longevidad envejecimiento

Ya que hemos comenzado el año con fuerza, vamos a seguir en esta línea. Para ello, os traigo un par de artículos  que nos dejó 2013 y que está relacionados con el envejecimiento. Ya sé que es un tema poco apto para escépticos, pero como es el núcleo argumental de mi próxima novela (que espero podáis leer antes de terminar 2014), no me resisto a intentarlo.

El primero es un artículo publicado en la revista Cell en el que los investigadores descubren que una molécula relativamente simple como es NAD (los más expertos ya sabrán de qué hablo) es crucial para restablecer la “comunicación” entre el núcleo de la célula y las mitocondrias, diálogo que se va perdiendo con la edad (a medida que también disminuyen los niveles de NAD) y es responsable en buena medida del envejecimiento. Sorprendentemente, tras administrar durante tan sólo una semana un precursor de NAD a ratones de dos años de edad (viejillos, para ser ratones), analizaron los tejidos de esos animales y vieron que tenían características similares a un ratón de seis meses. Luego algunos efectos del envejecimiento pueden revertirse, simplemente aumentando los niveles de NAD. Curiosamente, este compuesto es fundamental en el efecto anti-envejecimiento que tiene el resveratrol del vino tinto, como ya os expliqué en su día…

Pero quizás lo más sorprendente es lo que han publicado investigadores chinos y estadounidenses en la revista Cell Reports. En el famoso gusano C. elegans, hay un par de mutaciones que hacen más longevos a estos animalillos. Los científicos han visto ahora que la combinación simultánea de ambas mutaciones produce un efecto mucho mayor del esperado. De hecho, hay una especie de sinergia que hace que los gusanos vivan cinco veces más de lo normal. (Spoiler: ¿se imaginan un futuro cercano en que los humanos vivan 400 años?). Lógicamente, el artículo está lleno de detalles jugosos que no puedo reproducir aquí, pero una molécula llamada FOXO está implicada en el proceso. Y, como también comentamos aquí hace poco más de un año, FOXO es el gen que hace “inmortal” a la hidra.

Así que poco a poco las piezas van encajando. Parece que estamos en camino de comprender bien los procesos que conducen al envejecimiento de las células y eso nos permitirá encontrar modos de frenarlo, o incluso de retrasar el reloj biológico. El tiempo lo dirá…

La verdadera edad de tu cuerpo

a100ciacierta.com

Todo ser vivo envejece; el porqué es una cuestión central en la biología. De todas formas, con todo lo que se ha avanzado en los últimos años en el conocimiento de los procesos asociados al envejecimiento, seguimos sin tener un buen biomarcador que nos indique la edad “real” de una persona. Edad que no siempre coincide con la puramente “cronológica”: algunos, por ejemplo, aparentamos menos edad de la que tenemos (bueno, al menos eso me dicen). Estas diferencias se ven todavía más claras al comparar los distintos tejidos y órganos de una misma persona: aunque evidentemente todos tienen la misma edad cronológica, el grado de envejecimiento molecular podría ser diferente entre unos y otros. ¿Cómo medirlo de modo fiable? Según un artículo publicado recientemente en la revista Genome Biology, la respuesta está en el genoma.

Un investigador de la Universidad de California en Los Angeles ha estado cuatro años analizando datos generados por otros científicos sobre el estado en que se encuentra el genoma de miles de muestras procedentes de tejidos sanos o tumorales de personas con edades comprendidas entre los cero (algo antes de nacer) y los 101 años. En concreto, se ha fijado en un tipo de modificación conocida como metilación del ADN, que ya hace años se había relacionado con el envejecimiento. Gracias a la cantidad de datos estudiados, el científico ha podido identificar 353 sitios del genoma humano que sufren esta modificación y que -en conjunto- permiten calcular con gran exactitud la edad de las células.

Lo primero que llama la atención del estudio es la buena correlación que se da, en general, entre la edad calculada mediante este método con la edad cronológica de las distintas muestras analizadas. Otro dato interesante es que las distintas partes del cuerpo tienden a envejecer al mismo ritmo, aunque el tejido mamario suele hacerlo algo más rápido. Respecto a las células tumorales, resulta que son -de media- 36 años más viejas que las células sanas, lo que ayuda a entender la asociación tan clara que hay entre envejecimiento y cáncer. Pero algo sorprendente fue encontrar que las células madre son prácticamente “recién nacidas”. De hecho se comprueba que, al reprogramar una célula adulta para convertirla en pluripotencial, el reloj biológico se “resetea” a cero.

Las repercusiones de este hallazgo podrían ser enormes en la investigación sobre el envejecimiento, pues permite medir de modo fiable la edad de las células. Y claro, también podrías descubrir que tu cuerpo es más joven de lo que dice el DNI. O más viejo…

Y jóvenes de corazón…

células madre e infartoSigo con el tema del envejecimiento, tan popular después del último post, y rescato también una antigua noticia comentada aquí. Probablemente mis lectores no tengan ni idea de lo que es la parabiosis, pero yo se lo explico en seis segundos. Básicamente, se trata de conectar la circulación sanguínea de dos animales, de manera que ambos comparten la misma sangre (me han sobrado dos segundos, vamos mejorando). Hace poco más de un año traía a estas páginas un experimento de parabiosis en el que se conectaba un ratón joven con uno ya ancianillo, y se veía que la sangre joven había rejuvenecido el cerebro del animal añoso. Ahora, investigadores de la Universidad de Harvard han hecho algo similar para identificar moléculas encargadas de mantener el corazón en estado “joven”.

Según publican en la revista Cell, los investigadores conectaron la circulación de ratones jóvenes con otros adultos que tenían una forma de insuficiencia carcíaca debida al mal funcionamiento de las células musculares de la pared del corazón. La conexión hizo que los problemas cardiacos de los ratones viejos mejorasen, lo cual llevó a los científicos a emprender una búsqueda sistemática de posibles moléculas rejuvenecedoras de corazones. Finalmente, lograron dar con una hormona llamada GDF11 que parece ser la responsable de este dramático efecto. De hecho, comprobaron que la cantidad de esta molécula va disminuyendo con la edad. Y lo que es más importante, al inyectar GDF11 a ratones ancianos con problemas cardiacos, los investigadores obervaron una mejoría en sus corazones.

Descubrimientos como éste, y como los que hemos venido comentando aquí en los últimos meses, hacen albergar la esperanza de prolongar mucho las cifras de longevidad. Hace algún tiempo, un colega me abordó por un pasillo de la Facultad al enterarse de que voy diciendo por ahí que la esperanza media de vida a finales del siglo XXI será de unos 300 años. Uno de sus argumentos en contra es que el corazón de una persona de 80 años ha dado unos 3.000 millones de latidos, y no hay órgano que aguante eso multiplicado por cuatro. No le falta razón, si hablásemos del “mismo” corazón. Pero la idea es que a los 150 años de edad (por poner un ejemplo) nuestro corazón tenga una edad biológica “real” de 50, bien porque hayamos reemplazado todas sus células con otras más jóvenes, o bien porque hayamos hecho retroceder su reloj celular. O ambas, que es lo que más probablemente sucederá.