Misterios del código genético

doble hélice de ADNUno podría pensar que ya lo ha visto todo, sobre todo si lleva varias décadas en esto de la genética. Pero lo bonito de la ciencia es que no deja de depararnos sorpresas. Natalia Ivanova, investigadora del Instituto de Genomas de California, estaba analizando los genomas de muchos mibrobios y vio que cuando el ordenador calculaba las proteínas codificadas por esos genomas, en algunos casos eran demasiado pequeñas (el tamaño medio de las proteínas en bacterias suele estar en torno a los 800 aminoácidos, pero en estos genomas no pasaría de 200). Imaginen la cara que se le quedó cuando comprobó que un sencillo truco arreglaba el problema: “recodificar” (o sea, cambiar el significado) de uno de los codones de parada para que, en vez de significar STOP, introdujese el aminoácido glicina y así se pudiera seguir añadiendo aminoácidos…

El problema es que esto no debería suceder, porque en teoría el código genético es universal. Y universal quiere decir que todos los seres vivos imaginables utilizan la misma codificación, según la cual un codón (un triplete formado por tres letras) tiene un significado unívoco: añadir un aminoácido concreto a la proteína que se está formado, o parar el proceso. Para esto último, el código genético cuenta con tres codones “STOP”; ahora parece que uno de ellos puede tomar, a veces, otros significados. Aunque ya se conocían algunos casos de esta anomalía, eran excepciones contadísimas, rarezas genéticas. Lo que ahora publican estos científicos en la revista Science, en cambio, es que se trata de algo bastante frecuente. En algunos ambientes, de hecho, hasta el 10% de las especies bacterianas analizadas llevan a cabo este tipo de “recodificación”. ¿Cómo no lo habíamos visto antes?

Para entenderlo habría que recordar aquí la metáfora de la farola, que a menudo se aplica a la ciencia experimental: si sólo buscas allí donde llega la luz de una solitaria farola, hay muchas cosas que quedarán en la oscuridad y no verás nunca. Lo cual se aplica perfectamente al análisis de genomas bacterianos, porque hasta ahora sólo se habían estudiado mayoritariamente las bacterias que crecen en los medios de cultivo de los laboratorios, que en realidad sólo son una minoría de las que pululan en la naturaleza. Los avances tecnológicos de estos últimos cinco años han hecho posible, por primera vez en la historia, leer los genomas de todas esas otras especies “incultivables”, y esto ha permitido a Ivanova y sus colegas analizar 1.700 muestras de distintos ambientes (incluyendo 17 sitios distintos del cuerpo humano). Así llegó la sorpresa.

¿Dónde nos lleva esto, además de recordarnos lo poco que conocemos? Desde el punto de vista práctico hay consecuencias muy claras, especialmente en el campo de la Biología Sintética que está tan de moda (como contaba yo aquí en uno de los últimos posts). A la hora de crear organismos sintéticos los científicos generalmente recodifican sus genomas como medida de seguridad, de modo que no puedan interferir con los seres vivos de la naturaleza. Pero si muchas bacterias son capaces de saltarse los STOP naturales, quizás no tendrían muchas dificultades en adaptarse a esos cambios introducidos artificialmente. Habrá que estudiarlo a fondo…

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