Retrasando el reloj de la evolución humana

Hasta que comenzó la era de la biología molecular, la historia de la evolución humana se apoyaba básicamente en hallazgos fósiles y arqueológicos. Después, con el advenimiento de las técnicas moleculares de análisis de ADN, se estableció un “reloj molecular” que funciona según un principio sencillo: cuanto más cercanas son dos especies (evolutivamente hablando), menos cambios han experimentado sus genomas. Así, viendo cuántos cambios hay entre los genomas de dos especies se puede estimar el momento en que comenzaron a separarse. Pero esto exige conocer la velocidad de ese reloj, o sea, cada cuántos años se da un nuevo cambio genético. Los investigadores acudieron a los datos de los fósiles y así hicieron una primera estimación del número de mutaciones que se produce por cada generación.

Pero el asunto era un poco sospechoso, porque los cálculos genéticos no siempre concordaban con la edad de los datos arqueológicos, que a su vez tienen cierto margen de error por las técnicas que se usan para medir la antigüedad de huesos y fósiles. En los últimos años, gracias a los avances en las tecnologías de lectura de genomas, se ha podido medir directamente la velocidad con la que aparecen mutaciones en humanos, porque se han leído los genomas de varias familias y se han comparado las secuencias de los padres con los hijos. La velocidad, medida experimentalmente, es más o menos la mitad de lo que se había estimado: resulta que el reloj molecular utilizado hasta ahora iba muy rápido (se podría decir que adelantaba).

Como explica un reciente artículo de opinión publicado en la revista Nature Review Genetics, esto tiene bastante repercusión en los estudios sobre la evolución humana: con la nueva velocidad, las cosas encajan mucho mejor. Por ejemplo, las fechas de separación entre humanos modernos y neandertales prácticamente coinciden con lo que decían los hallazgos fósiles. Y lo mismo sucede con la salida de los humanos modernos desde África (que ahora volvería a fijarse en unos 100.000 años atrás) o la aparición de los primeros humanos en Australia hace unos 50.000 años.

Pero no todo iba a ser perfecto, en ciencia raramente sucede. Este nuevo reloj funciona bien con eventos relativamente recientes, como los que tienen que ver con la evolución humana, pero es bastante problemático si se aplica a cosas que sucedieron mucho antes. Aunque no hay por qué suponer que la velocidad del reloj fue siempre la misma: la que tenemos ahora podría ser distinta a la que tenían los primates hace 40 millones de años, por ejemplo, antes de que apareciesen los humanos. De hecho, hay bastantes indicios de que dicha velocidad ha ido disminuyendo a lo largo de la evolución humana, con lo que al final el panorama podría aclararse.

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